Los Texans sobrevivieron a un partido áspero, sin brillo ofensivo, pero lleno de pequeños golpes que, sumados, terminaron por derribar a unos Bills que entregaron demasiado: dos intercepciones de Josh Allen, un fumble y una ofensiva que nunca encontró ritmo sostenido .
El partido empezó con Buffalo golpeando primero. Allen comandó una serie de 81 yardas para el 6-0, pero desde ahí los Texans fueron ajustando, metiendo el juego en el barro y obligando a los Bills a patear más de lo que avanzaban. Houston no regaló el balón ni una sola vez; esa fue la diferencia.
Para la segunda mitad del partido, ambos equipos habían intercambiado golpes: Buffalo con goles de campo largos, Houston con drives más pacientes. El momento clave llegó cerca del descanso: Davis Mills conectó un pase que abrió camino al 20-16, justo antes de que terminara el segundo cuarto. Era un golpe emocional y también estratégico: Houston sabía que podía dar la vuelta sin necesidad de inventar nada heroico.
El tercer cuarto fue un festival de despejes… hasta que Buffalo volvió a equivocarse. Esa entrega terminó en tres puntos más, suficientes para que Houston se alejara 23-16 y empezara a jugar con reloj y defensiva.
La última esperanza de los Bills fue un gol de campo que los acercó 23-19, pero la defensa texana cerró con autoridad: intercepción en la serie final, y partido a la bolsa. Ninguna estadística lo resume mejor que esta: Buffalo tuvo la pelota más tiempo y más yardas… pero Houston tuvo cero entregas de balón y eso vale oro en noviembre.


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